De entrada les diré que soy agnóstico, daltónico y optimista, pero les reconoceré que entrando el otro día en la Sagrada Familia sufrí una especie de recogimiento espiritual que hacía mucho tiempo que no experimentaba. De repente se me olvidaron "Los jardines colgantes de Babilonia" y los recuerdos del pasado me fulminaron: Mi gente, mis orígenes y todo el camino recorrido hasta el día de hoy.
Por descontado me encandiló el arte y la visión de Gaudí. Cómo se puede diseñar una catedral en el año 1882 y que más de un siglo después parezca más moderna que al arquitectura actual. Alucinante. Esas cascadas de luz; esos ojos que todo lo ven; esas columnas, la bóveda... Sin palabras y, ya les digo, tele-transportado a otra dimensión.
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Altar principal de la Sagrada Familia
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En la fiesta de inauguración conocimos a Lulú de China -¡¡que alguien ponga un pestillo en el baño!!-; a Gong de Malasia -la Barceloneta está llena de gentuza-; a una pareja de Jaén -yo trabajo dos días a la semana-; al vecino sueco de abajo; a la novia del sueco -una chica guapísima de San Sebastián-. Vamos, que ahí estábamos todos preguntándonos unos a otros de qué conocíamos al gran Tío Gilito. Fue el tema de conversación por excelencia. As Mario Vaquerizo would say: "me da igual... me encanta!"
El intenso fin de semana poco a poco iba llegando a su fin. El domingo amaneció igual o más bonito que el día anterior. Nos sentíamos ya como parte del barrio. El poder caprichoso de la mente.
Pero antes de irnos era de obligado cumplimiento degustar una paella de marisco a orillas del mar Mediterráneo. Nosotros, gentuza de pro, repetíamos en la Barceloneta. Y ya que lo teníamos ahí, el mar Mediterráneo, no pudimos resistirlo y en plan Duquesa de Alba -me pongo el bañador por debajo de la toalla delante de todo el mundo- nos metimos en el mar.
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Para chuparse los dedos... |
Cuando me jubile (dentro de cinco años) viviré cerca del mar.
El avión de regreso a Alemania nos esperaba a las cinco de la tarde. La emperatriz de Japón y el conde de Barcelona se quedaban en la ciudad condal y los "Siempre ahí" y este españolito regresábamos a nuestro país de residencia.
"So ist das Leben" (así es la vida). Nos abrazamos y cada uno siguió su camino.
El día después en el trabajo tuve la sensación de haber estado soñando durante todo el fin de semana. Infinidad de recuerdos y risas salpicaban constantemente a Dora, pero hubo una frase que nunca olvidaré:
Perro lamiendo no engorda.
P.D: Me bajo corriendo al jardín que tengo a la comuna vecinal al completo -los Königen von Oben con la kleine Ratte, los abuelillos, la bella Julia & el croata y los KIA- preparados todos para ver la final del mundial de fútbol.
¡Suerte Alemania!
Barcelona: a a a a a a
Barcelona: bailamos
Barcelona: me da igual... me encanta
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